En el bicentenario del nacimiento de Federico Engels

El 28 de noviembre de 1820 nacía Federico Engels, ese brillante autodidacta al que Marx consideraba el hombre más culto de Europa, un “verdadero diccionario uni-versal”, admirando su extraordinaria capacidad de trabajo. En verdad, además de manejar una docena de idiomas, sus estudios abarcaron un amplio abanico y su obra sin duda tiene un valor en sí misma, aunque muchas veces sea subestimada por estar bajo la enorme sombra de Marx. Con su gran generosidad e inusual mo-destia, él mismo se autocalificó de “segundo violín” en el dúo que formaba con su amigo. También, andando el tiempo, fue blanco de menosprecio y críticas acerbas por razones tan estrechas como sesgadas políticamente, de modo que no vale la pena considerarlas aquí.
La relación entre Marx y Engels no tiene igual en la historia. Fue, más que una amistad, una verdadera simbiosis personal e intelectual, que permitió, no sólo la colaboración en muchos trabajos fundamentales sino que uno escribiera textos que el otro no tenía inconveniente en firmar. El vínculo personal no se reducía a Marx sino a toda la familia, que Engels integraba a modo de un tío. Su vínculo con las hijas de Marx fue perdurable, en particular con Eleanor.

Engels, Marx y sus hijas

Engels soportó por veinte años un trabajo que odiaba, gestionando los negocios familiares, porque le permitía sostener no sólo a Marx y su familia, para liberarlos de apremios económicos, sino apoyar a muchos compañeros y aportar fondos al movimiento. Cuando terminaba de corregir las pruebas de imprenta del primer libro de El Capital Marx le escribe a Engels, que estaba en Manchester: “16 de agos-to de 1867 a las dos de la mañana: Querido Fred: Acabo de corregir el último pliego (el 49) del libro. […] Este tomo, por lo tanto estará terminado, y que ello fuera po-sible lo debo únicamente a ti. Sin tu sacrificio por mí, jamás hubiera podido realizar el enorme trabajo de escribir los tres volúmenes. ¡Te abrazo, lleno de gratitud! Acompaño dos pliegos de pruebas corregidas. He recibido las quince libras esterli-nas; muchas gracias. Te saludo, mi querido, amado amigo”.

Carta original de Marx a Engels

De esa vida burguesa a la que lo destinaba su origen, escapó a través de la intensa militancia en el movimiento obrero y revolucionario, la labor intelectual y, en lo personal y afectivo, uniéndose a una obrera irlandesa, Mary Burns, su primer amor. Mary y su hermana Lizzie, su segunda pareja, lo introducen a los problemas de la inmigración irlandesa en Inglaterra. A su muerte, Engels preparaba un estu-dio sobre la historia de Irlanda.
En su juventud la huída de la actividad comercial e industrial de la familia lo llevó a hacer el servicio militar en el arma de artillería y a asistir como oyente a clases en la universidad, donde se vinculó a los jóvenes hegelianos. En ese contexto aprendió esgrima y se batió a duelo algunas veces. En su primera juventud escribió poesía y mostró buenas aptitudes para el dibujo.

Autorretrato de Friedrich Engels 19 años

Luego sus preocupaciones intelectuales y sociales lo llevaron a publicar, con pseudónimo, artículos periodísticos sumamente críticos, como las Cartas desde Wuppertal, que ya revelan un gran conocimiento de las condiciones de vida de los trabajadores.
Ese detestado trabajo empresarial, sin embargo, le permitió conocer de primera mano la industria capitalista y la realidad de la vida económica, así como entrar en contacto con el proletariado de carne y hueso. Una experiencia que transmitió a Marx, estimulando sus estudios económicos y el vínculo con los movimientos sociales y políticos de los trabajadores ingleses, como el cartismo y el owenismo. Algunos autores aducen que llevó una doble vida, como burgués y revolucionario, pero su objetivo de vida estaba claro.

Joven Engels

Estuvo en las barricadas alemanas en el 48. Por su actividad política y periodística fue perseguido en Colonia, huyó a Bélgica, donde fue arrestado y deportado. La actividad política consecuente fue la constante de su vida. No era un gran orador pero sí un eficiente organizador, atento a las cuestiones de la práctica política para elaborar conclusiones y generalizaciones teóricas. Nunca dejó de participar en las manifestaciones obreras del 1º de mayo, marcando presencia en el estrado, montado en la caja de un camión, pero sin hacer uso de la palabra. En 1842 que conoció a Marx, entonces redactor de la Rheinische Zeitung, al que los escritos de Engels parecieron excesivamente radicalizados en el marco de la estricta censura que reinaba en Prusia. Pero el vínculo continuó y en 1843 la Deutschfranzösische Jahrbücher publicó otro artículo de Engels: Elementos de una crítica
de la economía política que, según Marx, era un “genial bosquejo sobre la crítica de las categorías económicas”. Al año siguiente publican juntos La sagrada familia, en polémica con Bruno Bauer y el idealismo de los hegelianos de izquierda. Juntos también escriben, en 1845-1846, La ideología alemana, un escrito filosófico que permanecerá inédito por largo tiempo. Ante la dificultad para su edición, “entregamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones, muy de buen grado, pues nuestro objeto principal: esclarecer nuestras propias ideas, ya había sido logrado”.
Esas colaboraciones surgen del intercambio epistolar y los encuentros en París y Bruselas.
Instalado en Manchester desde 1842, por decisión paterna, para hacerse cargo uno de los negocios familiares, a los 24 años Engels publica una obra pionera en la sociología, sólidamente documentada: La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845). No es, empero, y contra lo que algunos dicen, producto de un estudio aséptico en el que los trabajadores son mirados como insectos bajo la lupa. Desde la dedicatoria hay una declarada toma de partido y una precisa comunicación de su condición social. La obra es dedicada “a las clases obreras de Gran Bretaña” y les dice: “… he renunciado a la sociedad y a los banquetes, al vino y al champán de la clase media, he consagrado mis horas de ocio casi exclusivamente al trato con simples obreros; me siento a la vez contento y orgulloso de haber obrado de esa manera. Contento, porque de ese modo he vivido muchas horas alegres, mientras al mismo tiempo conocía vuestra verdadera existencia -muchas horas que de otra manera hubieran sido derrochadas en charlas convencionales y en ceremonias reguladas por una fastidiosa etiqueta […] Gracias a las amplias oportunidades que he tenido de observar al mismo tiempo a la clase media, vuestra adversaria, he llegado muy pronto a la conclusión de que tenéis razón, toda la razón, de no esperar de ella nin-guna ayuda. Sus intereses y los vuestros son diametralmente opuestos, aunque tra-te sin cesar de afirmar lo contrario […] Yo espero haber aportado suficientes prue-bas de que la clase media […] no persigue otro fin en realidad que el de enriquecer-se por vuestro trabajo…”.
Para la Liga de los comunistas, en la que ambos participaban, produjeron uno de los textos políticos más notables y difundidos del mundo, el Manifiesto del Partido Co-munista, que, si bien debe su fuerza expresiva a la vigorosa redacción de Marx, contó con insumos elaborados por Engels, como sus Principios del comunismo.

Al igual que Marx, ejerció el periodismo para publicaciones alemanas, británicas y norteamericanas, entre otras. Son especialmente recordados sus artículos sobre la guerra de Crimea, la guerra civil norteamericana, las guerras austro-prusiana y franco-prusiana, las campañas de Garibaldi, dentro del tema militar. En el ámbito doméstico –todos en la familia Marx tenían sobrenombres- y entre los amigos más cercanos, se lo apodaba “el General”, no sólo por su elevada estatura y porte mar-cial sino por su especialización en temas militares. Trotsky estudió la serie de no-tas publicadas en la Pall Mall Gazette cuando debió abocarse a la organización del Ejército Rojo y a enfrentar la guerra civil y la intervención extranjera contra la na-ciente revolución rusa.
Su abordaje del tema, aunque despliega conocimientos técnicos, es esencialmente económico, social y político, en el entendido de que el armamento, que condiciona la táctica y la organización de los ejércitos, está directamente vinculado al desarro-llo técnico y económico. El ejército refleja las relaciones sociales y el desarrollo productivo y también los influye, antecediendo a veces en su surgimiento a la so-ciedad civil, como sostuvo Marx en los Grundrisse. Engels expone cómo la derrota de Rusia en Crimea aceleró el desarrollo de la industria capitalista en ese país.
El enfoque siempre es histórico: no sólo estudia la evolución de la técnica y la or-ganización de la guerra en su interrelación con los procesos políticos y sociales, desarrollando una teoría de la violencia, sino que muestra una prospectiva de gran penetración, por más que algunas veces, deba decir, “la historia nos dio un mentís” por un exceso de optimismo en sus previsiones. Luego de la guerra franco-prusiana escribe:
“… para Prusia-Alemania no hay posibilidad de hacer otra guerra que la mundial. Y sería una guerra mundial de magnitud desconocida hasta ahora. De ocho a diez mi-llones de soldados se aniquilarán mutuamente, y además, se engullirán toda Euro-pa, dejándola tan devastada como jamás lo habían hecho las nubes de langosta. […] una imposibilidad absoluta de prever cómo terminará todo esto y quién saldrá vencedor en la lucha. Sólo un resultado no deja lugar a dudas: el agotamiento total y la creación de las condiciones para la victoria definitiva de la clase obrera”.
Luego de la muerte de Marx, Engels, con la ayuda de Kautsky y Eleanor, que conti-nuará esa tarea, dedicó sus días a publicar los trabajos inéditos de su amigo, un ímprobo trabajo que implicó completar investigaciones, modificar, reconstruir, editar, seleccionar y descifrar borradores escritos en varios idiomas, con una cali-grafía incomprensible, abreviaturas, correcciones y referencias, que casi sólo él podía leer: en particular los materiales para el tercer libro de El Capital que, en varias partes, eran poco más que notas. Acierta Lenin cuando dice que los dos to-mos les pertenecen a ambos, así como considera todos sus escritos una obra común. “El socialdemócrata austríaco Adler observó con razón que, con la edición de los tomos II y III de El Capital, Engels erigió a su genial amigo un monumento majestuoso en el cual, involuntariamente, grabó también con trazos indelebles su propio nombre”. Sin embargo Engels, con el tiempo, fue objeto de censura por su trabajo, acusándolo, entre otras cosas, de inventar el marxismo y el materialismo histórico.
Asimismo tenía que ocuparse de las traducciones de ésta y otras obras, firmadas por ambos o sólo por Marx, prologar y cuidar de las nuevas ediciones, lo que hacía de manera escrupulosa, corrigiendo hasta los signos de puntuación. Cuando murió, en 1895, estaba planeando la publicación de un cuarto tomo de El Capital, sobre teorías de la plusvalía. A pesar de esa labor incesante Engels publicó, en esa docena de años, algunos de sus textos fundamentales: en 1884, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado; en 1886, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (en el apéndice publica las Tesis sobre Feuerbach, texto inédito escrito por Marx en 1845); Dialéctica de la naturaleza, que no pudo concluir. Además debía atender los concretos problemas políticos que se le planteaban pues, desaparecido Marx, se convirtió en el principal referente del movimiento obrero y la socialdemocracia, en especial la alemana, que se había desarrollado vigorosa-mente en ese período y de la nueva Internacional socialista. Esto significaba leer y responder todos los días decenas de cartas, en varias idiomas, a todos los principa-les líderes de las diferentes secciones de la recién nacida Internacional y del parti-do alemán, formulando críticas, dando orientación, proponiendo tácticas y estrate-gias, así como recibir visitantes de diversos países que peregrinaban buscando su aprobación o su consejo. Desde este lugar Engels dio una lucha decidida contra el reformismo y el revisio-nismo que empezaban a penetrar en el SPD, desde la unidad con los lassalleanos, y con el estímulo del éxito electoral. En ese enfrentamiento, Engels publicó en Die Neue Zeit la Crítica al programa de Gotha que, para proteger al partido de la censu-ra, Marx había aceptado que quedara limitada a los dirigentes. También escribe sus observaciones al Programa de Erfurt, que envía a sus autores, Kautsky y Bernstein, y a la dirección. Cuando Vorwärts, órgano del partido, publicó la Introducción a La Lucha de clases en Francia, de 1895, mutilada de los fragmentos referidos a la insurrección, Engels se indigna. Escribe a Kautsky (1 de abril de 1895) y a Lafargue (3 de abril), que el texto fue falseado “para que yo aparezca como un defensor pacífico de la legalidad a cualquier precio”. En ese trabajo Engels explora las posibilidades y estrategias de la lucha legal planteada por el advenimiento del sufragio universal y las nuevas condiciones para la lucha armada. Atilio Borón ve en este trabajo una profunda elaboración teórica que prefigura la reflexión gramsciana. Engels y Gramsci, bue-nos conocedores de la dialéctica, sabían que las formas de lucha –violenta o pacifi-ca, legal o ilegal- no se excluyen entre sí: los dos términos de la contradicción co-existen, no sólo son inseparables sino que, pese a su antagonismo, se compenetran el uno al otro. Combatió la lectura hagiográfica, dogmática, de la obra de Marx y la suya propia, así como la comprensión simplificadora o mecánica, no dialéctica de sus ideas. Siempre se rehusó a toda imaginación utópica de lo que sería la sociedad socialista: porque son los hombres los que hacen su historia y porque la dialéctica no es abo-lida con la revolución. “La llamada «sociedad socialista», según creo yo, no es una cosa hecha de una vez y para siempre, sino que cabe considerarla, como todos los demás regímenes histó-ricos, una sociedad en constante cambio y transformación”.
“Así, pues, lo que podemos conjeturar hoy acerca de la regularización de las rela-ciones sexuales después de la inminente supresión de la producción capitalista es, más que nada, de un orden negativo, y queda limitado, principalmente, a lo que de-be desaparecer. Pero ¿qué sobrevendrá? Eso se verá cuando haya crecido una nue-va generación: una generación de hombres que nunca se hayan encontrado en el caso de comprar a costa de dinero, ni con ayuda de ninguna otra fuerza social, el abandono de una mujer; y una generación de mujeres que nunca se hayan visto en el caso de entregarse a un hombre en virtud de otras consideraciones que las de un amor real, ni de rehusar entregarse a su amante por miedo a las consideraciones económicas que ello pueda traerles. Y cuando esas generaciones aparezcan, en-viarán al cuerno todo lo que nosotros pensamos que deberían hacer. Se dictarán a sí mismas su propia conducta, y, en consonancia, crearán una opinión pública para juzgar la conducta de cada uno. ¡Y todo quedará hecho!”. A pesar de cumplir con ese descomunal programa de trabajo, la vida de Engels no era ascética y nunca lo había sido. Sus visitantes dan testimonio de su agrado por la abundante comida, el buen vino, el buen tabaco y la amena compañía. Los domin-gos en su mesa podía haber veinte huéspedes o más, pues su casa siempre estaba abierta para reuniones realmente internacionales en las que Engels conversaba al mismo tiempo en varios idiomas. Así lo recuerdan August Bebel, Vera Zasulich, Pavel Axelrod, Fanny Kravchinskaia, Karl Kautsky y muchos otros visitantes. Tam-poco condicionaba su hospitalidad a la situación social o las ideas políticas: en su casa se reunían desde populistas rusos como Kravchinski (a) Stepniak, a conser-vadores alemanes como Helmuth von Gerlach, que lo visitó en un viaje a Londres. Este es su testimonio:
“Engels me causó una impresión imborrable. Es un profundo pensador, al que le gusta recibir en la biblioteca, y en la conversación era un alegre renano… Con mo-tivo de triunfos del movimiento obrero, me invitó con amigos londinenses a beber un barril de cerveza… Fue una velada muy divertida, y yo, que no era socialdemó-crata, no tuve en ningún momento la impresión de ser un intruso. Engels resultó ser un anfitrión de tanta naturalidad y tan formidable, que cualquier persona tenía que sentirse a gusto en su compañía”.15 Si esta imagen del “alegre renano”, que le confesara a Jenny Marx que su idea de la felicidad era el Chateau Margaux cosecha 1848 –fecha significativa y no por moti-vos enológicos-, no coincide con la de un intelectual o un revolucionario “serio”, incluyamos para romper con los estereotipos, la visión de Marx, según recuerda Eleanor, llevando en hombros a sus niñas o arreado como caballo de tiro para di-vertirlas. Engels había tenido bastante puritanismo y autorepresión con su familia. Engels murió el 5 de agosto de 1895 de un cáncer de esófago que en sus últimos días le impedía comer y hablar, debiendo escribir en una pizarra para comunicarse. Dispuso que su funeral fuera sencillo e íntimo y sus restos incinerados y arrojados al mar, pues no quería ningún monumento a su memoria. En su testamento legó sus bienes, su biblioteca y los papeles que custodiaba a las hijas de Marx y al Parti-do Socialdemócrata alemán.

María Luisa Battegazzore

La Fundación Rodney Arismendi se propone difundir, desde este medio, una selección de textos de Federico Engels por entender que tienen gran actualidad o son menos conocidos. La lectura de estos escritos puede demostrar la frescura y pertinencia que conservan y, luego de más de un siglo, siguen siendo esclarecedores. Los asuntos elegidos serán:

  • La familia, la sexualidad y la condición femenina
  • Estado y sociedad. Azar y necesidad en la historia
  • El socialismo y la dialéctica
  • Temas militares. La guerra, la economía, la tecnología y la política
  • El arte de la insurrección

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